Seguro que el Presidente de Indonesia, Joko Widodo, no imaginó cómo estaría el mundo ni cuánto estaría en juego cuando asumió ser sede de la próxima cumbre del G20. Y llegó la hora, este 15 y 16 de noviembre. Los preparativos no han sido para nada optimistas. A comienzos de julio, los cancilleres del G20, reunidos en Bali, no lograron concordar un pronunciamiento sobre la guerra en Ucrania ni cómo enfrentar los impactos globales de ese conflicto. Más bien, se evidenció la división Este-Oeste, con China y Rusia por un lado y Estados Unidos y Europa por el otro. La persistencia de esa confrontación estructural de nada sirve al devenir del mundo y sus pueblos. Por el contrario, es necesario rescatar los cauces de la paz y de soluciones concretas para resistir los impactos de las crisis económica y alimentaria que se vienen encima.

En menos de tres años, el planeta se transformó a una velocidad que aún no terminamos de procesar. A principios de 2020, llegó la pandemia, para la cual no estábamos preparados, pese a las advertencias de los científicos. De un día para otro, los países entraron en largas cuarentenas, mientras los gobiernos no lograban siquiera generar un lugar común donde discutir la inédita situación imperante. La Organización Mundial de la Salud, el sitio creado para esos efectos, fue desacreditado por el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Posteriormente, menos se pudo usar otro espacio multilateral de la ONU para eso. No hubo una búsqueda de soluciones conjuntas, sino sólo una carrera por conseguir las primeras vacunas, donde lo que primaba era la ley del más fuerte, que en este caso era la ley del más rico.

Cuando respiramos un poco más aliviados, con una pandemia controlada, y dejábamos de lado las asfixiantes cuarentenas, Rusia invadió Ucrania. Hoy, a diez meses del inicio de la guerra, la catástrofe es planetaria. Al doloroso costo en vidas humanas, el sufrimiento y los millones de desplazados, el mundo entero ha vivido las consecuencias económicas, producto de que ambos países son colosos en la exportación de granos y fertilizantes. Existe escasez, crisis agrícola, hambre y una emergencia alimentaria sin precedentes en el siglo XXI. Más de 90 millones de personas se encuentran en situación de pobreza extrema, afectadas por la falta de acceso a cereales, y por sus elevados precios, a causa de la inflación. A esto se le suma la crisis energética, producto de la escasez de gas natural exportado por Rusia hacia el resto de Europa.

Sin embargo, los gobiernos del mundo parecen ajenos a reconocer un espacio multilateral donde puedan realmente buscar soluciones a esta crisis. En este contexto, no es menor el planteamiento que han realizado los Elders, elgrupo de líderes mundiales de experiencia, creado por Nelson Mandela, que se reúne cada cierto tiempo para reflexionar sobre un planeta en situación de crisis. En su último encuentro, los Elders han planteado que el G20 debe cumplir con ser un espacio donde se genere un diálogo productivo y de colaboración, para enfrentar las complejas tareas que existen por delante. El G20 integra a las economías más grandes del mundo, y por ello deben ser responsables de su misión en el concierto mundial: impulsar estrategias financieras efectivas, que otorguen soluciones para salir de la crisis económica y humanitaria en la que estamos sumergidos.

Se hizo una vez, entre 2008 y 2009. Ante la crisis financiera que se expandía por todos los continentes, el presidente George Bush convocó la primera reunión de mandatarios del G20. Al primer encuentro en Washington, en diciembre de 2008, asistieron las economías industrializadas y las mayores emergentes. La siguiente reunión, en marzo 2009, fue en Londres. Una histórica cumbre donde, en solo 30 minutos, los líderes de las economías más grandes del mundo aumentaron por tres el patrimonio del Fondo Monetario Internacional. Fueron medidas inteligentes y cruciales, que permitieron Se salir de las urgencias extremas y avanzar hacia nuevas formas de multilateralismo. Se puede decir que las actuales condiciones del escenario internacional son distintas, pero el peso de la responsabilidad es el mismo. Y es aún mayor porque si la gran política no predomina, lo que esos líderes del G20 entregarán al mundo es el caos.

América Latina está en el G20. Tres países –Argentina, Brasil y México– tienen la responsabilidad de transmitir nuestro clamor por cauces políticos efectivos a los tiempos oscuros que vivimos. Ojalá los tres pudieran articular posiciones similares y dar cuenta de una visión compartida. El ideal hubiera sido tener citas previas, para configurar planteamientos consensuados por la región, como lo hicimos en el pasado. El que ahora no lo hagamos evidencia la urgencia de recuperar el diálogo intrarregional, para tener una voz común en el mundo. Y para saber cómo buscaremos incidir en el reordenamiento global en marcha.

A la cumbre en Indonesia seguirán otras en países del sudeste asiático: India, Emiratos y Oman, varios de los cuales –como la propia sede de este G20– no desean que el devenir del mundo esté determinado por las confrontaciones extremas entre China y Estados Unidos, o entre bloques de alineamientos listos para otra guerra. Esos pueblos del Asia y los de este lado del mundo requieren que las diferencias, por críticas y extremas que sean, fluyan por las vías de la política y la paz. Y hay que prepararse colectivamente para eso. Este G20 también nos dice que esa debe ser la próxima tarea para que América Latina rompa con su soledad.

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